Cobarde no, valiente... No sé

Hice una promesa conmigo mismo hace tiempo, la más estúpida que se puede hacer: no volver a enamorarme.
Lo sé, lo sé, no hace falta que me digan lo inevitable que eso es, porque el amor no pide permiso, no le importa dónde ni cómo estés, simplemente se aparece y te abre con una patada las puertas del pecho, y se mete, se alimenta de lo poco que queda en la nevera y decide quedarse. Ese maldito necio no conoce la vergüenza, o tal vez sí y por eso nos hace pasar tantos ratos con ella, y lo goza, lo sé, lo he visto revolcarse a carcajadas en el sofá de la izquierda cada vez que actúo como idiota ante esa chica y el rubor sube a mi piel.
Por eso mismo la promesa la he de romper, no por falta de agallas para mantenerla en pie, sino por el hecho de conocerme y sé muy bien que estoy volviendo a caer en ese juego de emociones y sentimientos, otra vez estoy aquí, en el asiento del centro, en la primera fila de la montaña rusa dispuesto a subir, y mira que le temo a las alturas, pero no me importa, voy a subir a contemplar todo lo que podría con ella disfrutar, y en seguida voy a bajar, levantaré las manos y estoy seguro que de nervios voy a gritar, pero llegaré hasta abajo para invitarla a subir conmigo, porque así debe ser.
No, no me digan cobarde por romper la promesa, un cobarde no se arriesga a soltarse y dejarse llevar por aquello que más teme... Está bien, prefiero ser el cobarde que no cumplió pero que decidió arriesgarse a amar de nuevo sabiendo que puede volver a perder, porque así soy yo, un cobarde que con miedo para adelante va.

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